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La Travesía: Parte 2

por Michelle Ramos

La Travesía: Parte 2

Cuando dimos vuelta a la esquina, vimos la carpa donde estaríamos por los próximos días. Había una multitud de cerca de 150 niños ya esperándonos. Pastor Vital, supervisor de la misión en Haití, donde solía vivir, ya le había anunciado a la comunidad que estaríamos trabajando allí por los próximos tres días. El propósito era ofrecerles un programa a los niños con actividades especiales, deportes, clases bíblicas y comida. Además, el programa misionero incluía un equipo de Evangelismo que visitaría cada hogar en la comunidad, anunciando las Buenas Nuevas. Todo esto iba sucediendo mientras los que estaban a cargo trabajaban la logística y cada detalle.

Ya era aproximadamente las 9:15 de la mañana, cuando salimos del autobús y algunos de los niños más grandecitos nos recibían afuera. No fueron para nada tímidos. Al contrario, nos recibieron llenándonos de abrazos como si fuésemos familia… Sin esperar nada a cambio, sólo una sonrisa o una caricia. Caminamos hacia la carpa, sin dejar de saludar a ninguno de los chicos, grandes o pequeños. Me sentén con ellos y disfruté que jugaran con mi cabello, compararan el color diferente de nuestras pieles, tocaran mi cara, y lo más interesante de todo: cuando saqué mi teléfono para tomarme fotos con ellos… El escribir esto y recordarlo me causa mucho sentimiento, porque pienso en todas las “pequeñas cosas” que damos por sentado. No puedo sacar de mi mente la belleza de sus sonrisas. Ellos disfrutaron estos momentos y tomé muchas fotos geniales, sin dejar de notar la expresión de sus caritas mientras miraban emocionados las fotos que nos habíamos tomado juntos por primera vez. Miraban de forma extraña y medio confundidos. Al principio no entendía por qué, pero luego pensé: “¿será esta la primera vez que ven su propia imagen?” Más tarde ese mismo día confirmé este pensamiento, cuando algunas personas del equipo de Evangelismo nos contaban lo que vieron en los hogares que visitaron; las personas son tan pobres que no tenían muchas cosas en su casa, así que mucho menos iban a tener un espejo.

Ese primer día fue increíble. El equipo de Niños junto al que se me asignó servir era un grupo maravilloso de personas que hicieron un trabajo fantástico enseñando a los chicos de maneras muy divertidas y creativas. A través de títeres, canciones, bailes e historias narradas, los niños se emocionaron mucho, porque además de aprender, eran premiados con libros de colorear, crayones, carritos de juguete y muñecas hermosas… Todas éstas, cosas que jamás habían visto antes. Fue como Navidad en julio, en Haití.

Ya cerca de las 4 de la tarde tuvimos un servicio de celebración a Dios, donde los padres se unieron a sus niño(a)y todos juntos adoramos a Dios con canciones, bailes, y una palabra inspiradora. ¡Fue una gran victoria!

Era tiempo de irnos, así que todos los equipos de trabajo se reunieron de vuelta en el autobús. Ya era cerca de las 6 de la tarde. Todos estaban envueltos en conversaciones acerca del día que habíamos tenido, pero había un aspecto diferente en las caras de los que visitaron la comunidad evangelizando. A diferencia del resto del grupo, los que venían de evangelizar tenían los ojos llorosos, estaban muy callados y pensativos. Al instante supe que su experiencia había sido muy diferente a la que tuvimos nosotros. Mi esposo era parte de ese grupo. Me pidió medicamentos para el dolor de cabeza. De alguna forma yo sabía que esos analgésicos podrían calmar su dolor de cabeza, pero jamás calmarían el dolor en su corazón causado por lo que acababa de experimentar. Se notaba que tenía el corazón destrozado.

Todos hemos escuchado acerca de estas experiencias, pero vivirlas es una historia completamente distinta. Bueno… Ya había llegado hasta aquí, así que quería vivir lo que mi esposo había vivido. “Mañana voy al evangelismo,” pensé…

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ

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