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La Travesía: Parte 1

por Michelle Ramos

La Travesía: Parte 1

Sol caliente, aire seco, sedientos, polvorientos, pobres, necesitados, deseosos, aceptivos, excepcionales, hermosos, receptivos… Estas descripciones se quedan cortas comparadas a lo que viví hace unas semanas en mi primer viaje misionero a Haití. Fue una experiencia que jamás olvidaré. Tanto las cosas negativas como las positivas fueron resaltadas en su máximo potencial.

Yo siempre luché con la idea de encajar en “la voluntad de Dios”. Lo que no sabía era que “la voluntad de Dios” es un camino que ya está preparado para mí. Crecí con la idea de que el Cristianismo es un camino y que sólo tienes que esperar a que la vida te lleve hacia él. He perdido mucho tiempo. Hay tanto trabajo que Dios mismo nos pidió que hiciéramos, y aún así vamos por la vida esperando por una señal o un ángel enviado que nos diga en qué dirección movernos. Tengo noticias para ti: eso nunca va a pasar.

Estuve escuchando a una pareja de pastores hablar, e individualmente compartieron su opinión, con la cual estuve completamente de acuerdo. Uno de ellos dijo:

“El proceso por el que Dios te va a llevar moldeará tu carácter para un propósito más grande que tú. Dios no quiere gente específica; él lanzó el reto, y aquellos valientes que se atrevan a realizarlo se levantan y dicen: ‘Yo quiero ir’.” -Pastora Nory Báez

Un grupo de 37 personas, incluyéndome a mí y a mi esposo, aceptamos el reto de ir a Gonaives, Haiti y emprender una aventura que marcaría para siempre el rumbo de nuestras vidas.

Por supuesto, llegamos allá enfocados en todo lo negativo que habíamos escuchado, sin esperar nada bueno. La temperatura estaba definitivamente por encima de los 100°F, no había paisajes verdes y ni pensar en agua fría. La sed era insaciable. Finalmente, llegamos a la conclusión de que no había forma de mantenernos limpios, porque cuando el viento soplaba se empeñaba principalmente en levantar el polvorín y llenarnos de tierra a todos y a todo lo que encontrara a su paso.

Al llegar, rápidamente vimos la fuerza femenina siendo llevada a su límite. Las mujeres se esfuerzan por balancear cargas tan y tan pesadas sobre sus cabezas, acompañadas de sus hijitos que las rodean mientras caminan. “¿Qué clase de pesadilla es esta?,” pensé. Podía sentir el caliente del suelo penetrar la suela de mis zapatos, al mismo tiempo que veía a tantos niños descalzos, y a algunos otros desnudos.

Mientras continuábamos entrando a la ciudad, sentía que me hundía en el asiento del autobús tratando de escapar del frío del aire acondicionado. Me sentía terrible. El chofer de nuestro autobús comenzaba a sonar la bocina mientras nos acercábamos al lugar de alojamiento, y todos nos asomábamos a ver los niños salir de sus casitas corriendo a perseguirnos, porque sabían que iba a pasar algo diferente. Sus rostros se iluminaban, al mismo tiempo que todos nos derretíamos mirando sus sonrisas brillantes. “Dios mío, ¡son hermosos!,” pensé.

Comenzamos a darnos cuenta de muchas cosas que no habíamos podido ver por el miedo que nos cegaba… Veíamos lo hermosos que se veían los topes de las montañas cuando eran acariciados por los rayos del Sol. Y ni hablar del atardecer; no hay palabras que describan tanta belleza. De repente notamos que las pequeñeces en las que nos habíamos concentrado, ya no importaban. Todo lo que sabíamos era que esos niños nos necesitaban, y no podíamos decepcionarlos.

“Dios nunca nos revelará el proceso por el que pasaremos, porque nos rendiríamos antes de comenzar; él sólo nos revelará el propósito.” -Pastor Henry Báez